
Cómo la rebelión de las minorías en Estados Unidos y el extravío doctrinario del presidente en Madrid desnudan el callejón sin salida al que Laje y Márquez empujan al gobierno.
Por Carlos De Laturi (*) Hace tres semanas, Javier Milei viajó a Estados Unidos para jugarse un pleno temerario: proclamó que era vital «para todo Occidente» que Donald Trump saliera fortalecido en las urnas. El martes el pueblo norteamericano habló y el presidente argentino quedó mudo. El «tsunami azul» que entregó a los demócratas el control total de la Cámara de Representantes y del Senado no es sólo un revés para la Casa Blanca: es el certificado de defunción de la llamada «batalla cultural» que la ultraderecha global —y su usina local, la Fundación Faro— vendió como receta de dominación eterna.
Para dimensionar el golpe desde la ciencia política, conviene comparar aquel sistema con el nuestro. Mientras en la Argentina renovamos la mitad de Diputados y un tercio del Senado cada dos años por listas sábanas provinciales, en las elecciones de medio término de Estados Unidos se vota por circunscripción uninominal el cien por ciento de la Cámara Baja —las 435 bancas completas— y un tercio del Senado. Cuando hay voto castigo, no hay lista sábana que esconda a los alcahuetes del ajuste: cada representante rinde cuentas ante sus vecinos. Y el martes les pasaron la factura completa.
La rebelión de los descartados y la caída de bastiones de 40 años
Lo verdaderamente histórico de la jornada fue quiénes ganaron y dónde. Los manuales del trumpismo —los mismos que acá recitan Agustín Laje, Nicolás Márquez y el vocero pampeano Adrián Ravier desde la Fundación Faro— juraban que humillar a las minorías, burlarse de las personas con discapacidad, perseguir migrantes y atacar al feminismo y a la diversidad sexual era un negocio electoral redondo. Se estrellaron contra la dignidad humana.
La banca 51 que definió el Senado la ganó en Iowa —donde Trump había arrasado por trece puntos— Josh Turek, un deportista paralímpico que recorrió los 99 condados en su silla de ruedas denunciando los recortes médicos. En Minnesota, Peggy Flanagan se convirtió en la primera mujer indígena en llegar al Senado federal, y en Nuevo México otra nativa americana, Deb Haaland, fue electa como la primera gobernadora indígena del país. En Georgia, Keisha Lance Bottoms hizo historia como la primera gobernadora negra de Estados Unidos; en New Hampshire, Chris Pappas llegó al Senado como el primer hombre abiertamente gay; y en Michigan triunfó Abdul El-Sayed, primer senador musulmán.
El mapa conservador se quebró en regiones que los republicanos tenían escrituradas desde hacía décadas: en Texas, James Talarico fue electo como el primer senador demócrata en casi 40 años y la latina Gina Hinojosa destronó a Greg Abbott tras más de treinta años de hegemonía republicana; peor aún fue lo de Kansas, donde el demócrata Adam Hamilton conquistó un escaño senatorial que la derecha retenía desde 1932.
El daltonismo ideológico en Madrid y la elegancia de Sánchez
¿Por qué colapsó la maquinaria de Trump? Por el costo de vida y la fuga masiva del voto joven. Pero en lugar de acusar recibo, Milei sigue atrapado en lo que en ciencia política llamamos reduccionismo dogmático y daltonismo ideológico: una disociación doctrinaria alimentada por los panfletos de Laje y Márquez en la Fundación Faro, donde quien no comulga con su fanatismo de mercado es tildado de colectivista.
Ayer en la Cumbre Iberoamericana de Madrid el presidente protagonizó un bochorno teórico al leer un trabalenguas inentendible frente a Pedro Sánchez: afirmó que «el socialismo es fascista en política y el fascismo es socialista en economía» y remató con una ensalada cantinflesca diciendo que «que los fascistas estén a la derecha de la extrema izquierda no hace que dejen de ser socialistas». Cualquier estudiante de primer año sabe que el fascismo nació financiado por el gran capital para destruir a sangre y fuego a los sindicatos y al socialismo; pero Milei retuerce las categorías para blanquear a la ultraderecha.
Sin bajar al barro, Sánchez le contestó con una elegancia implacable: le agradeció con fina cortesía su viaje y sentenció que «el insulto no forma parte de mi forma de hacer política; los presidentes estamos para unir, no para confrontar». Con el Congreso estadounidense en manos demócratas desde enero —listo para auditar los salvatajes del Tesoro a Luis Caputo— y el riesgo país sobre los 800 puntos, la batalla cultural de la Fundación Faro naufraga por todos lados. Desde el llano pampeano se ve claro: con galimatías ideológicos no se tapa el hambre ni se gobierna un país.
El espejo de 2027 y la respuesta local
El espejo norteamericano anticipa, con nitidez matemática, el escenario que le espera a la Argentina en 2027. Cuando la mística de las redes sociales deje de alcanzar para tapar el impacto de las políticas de ajuste, el gobierno de Javier Milei se enfrentará al veredicto inapelable del voto castigo.
Será entonces el turno de la venganza de los descartados por el modelo: la base de jubilados empobrecidos, las personas con discapacidad desprotegidas por los recortes médicos, los científicos del Conicet desfinanciados, los trabajadores despedidos tanto del sector estatal como del privado, los organismos de derechos humanos atacados por la retórica oficial, y los periodistas hostigados por ejercer su profesión.
Frente a esta gran coalición de los sectores damnificados, la polarización artificial y los manuales teóricos de la Fundación Faro perderán toda eficacia electoral. En la política real, tarde o temprano, la dignidad humana y la urgencia de las mayorías terminan por quebrar cualquier libreto dogmático.
(*) Militante de Derechos Humanos en H.I.J.O.S. y FEDEFAM, politólogo en tesis por la Universidad Nacional de Tres de Febrero (UNTREF), diplomado en Historia Argentina (UCES), consultor y analista político. General Pico, La Pampa.

